Es decir, Chillán deberá merecer el teatro en un proceso de “creación de audiencias”. De no ser así, corremos el peligro de contar con un nuevo “elefante blanco”, como el Parque Las Toscas o el bulevar Arauco, que jamás han cumplido con los objetivos trazados. Hagamos nuestro proyecto sin mirar al lado: Concepción o Talca, no vale la pena.
Pienso que en el proyecto original posterremoto del ‘39, en la década de 1940, se tenía en mente que esa monumentalidad no podía ser derrumbada ni por otra hecatombe sísmica, ya que su aforo no correspondía a la realidad chillaneja que se reconstruía a tropezones. Recién pude conocer en sus fauces este “esqueleto de fierro y cemento”, por invitación de LA DISCUSIÓN, quedando tan impresionado por su dimensión, que imaginaba iluminado a Giorno, estar en el Municipal de Santiago o en el Colón bonaerense, sin exageración alguna. Se construyó casi con el mismo sentido espiritual de las catedrales medievales: lo más alto posible para llegar a Dios.
Según la historia chillaneja del siglo XX, jamás existió, pero se concibió un teatro de tal dignidad, a pesar de la creciente emergencia artística. De hecho, la tradición teatral zarzuelística nace en las “bodegas de frutos del país de la estación”.
Durante la hecatombre del ‘39, la mayor desgracia ocurre en el Teatro Municipal muy ligado a Otto Schaefer, en lo que hoy es la Casa del Deporte y ayer Casa del Arte.
El proyecto de un teatro para Chillán permaneció inmanente durante el siglo XX. Con altas y olvidos, como el gobierno de Aylwin, en que el doctor Héctor Garay encabezó una cruzada que no llegó a buen puerto.
Después, el teatro vuelve al olvido, salvo esporádicos intentos por aparecer, vivió, como en eventos excepcionales con la presentación del eximio pianista Roberto Bravo, entre sillas colegiales, piedras huevillo y el confort de un refrigerador.
Escarbando en la obra del gran arquitecto de raíces en San Nicolás, Josué Simith Solar, diseñador, entre otras obras, del Hotel Carrera, del Ministerio de Hacienda, del Club Hípico, del frontis sur de La Moneda, de la Universidad Santa María en Valparaíso, etcétera; descubrí que antes de morir en 1938, sentía amargura de no haber obtenido dos obras arquitectónicas: el Club de la Unión de Santiago y el Teatro de Chillán ¿Podrá lograrlo mañana, espiritualmente?