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Domingo, 06 Noviembre 2011 20:42

Un acto de fe

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“Ñublense ya está en segunda viejo, está listo”.
La sentencia sale de la boca de un colega fanático de la “U” que luego lanza una sonrisa socarrona como si gozara con la agonía del equipo chillanejo.

Mientras él vibró con otro triunfo azul el fin de semana, miles de anónimos hinchas del Rojo se aferran a un milagro y sufren en silencio con la campaña del cuadro ñublensino que quedó a un paso del descenso directo.
Es que ser hincha de un equipo chico, de provincia, donde el amor incondicional es el mejor antídoto para sobrellevar el cartel de fracasado, es un acto de fe aplaudible.
Ser hincha de Ñublense es aceptar una invitación timbrada a sufrir, a enfrentar lo desconocido, a apretar los dientes y a soñar con títulos que nunca llegarán ni figuras que jamás vestirán la camiseta roja que tanto queremos. Pero por sobre todo, a tener identidad propia y generar sentido de pertenencia.
Ser hincha de un equipo grande, por el contrario, es una inyección de poder, arrogancia, superioridad, intolerencia, omnipotencia y muchas veces una falta de identidad propia que en lo personal me patea el estómago.  Para esa gran mayoría, es más fácil apoyar a la “U” o a Colo Colo porque ganan casi siempre, porque salen más en los medios o porque simplemente fue una de las primeras palabras que cuando chico a muchos les enseñaron a pronunciar. Pero yo me quedo con la pasión inquebrantable de aquella minoría, de aquellos chillanejos que hoy sacan cálculos porque siguen creyendo en la salvación de Ñublense. Porque seguir a un equipo como el Rojo es eso. Un acto de fe permanente. Un sacrificio que enaltece y que descubre la esencia del verdadero hincha. Creer que todo cambiará cuando parece que todo está perdido.

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